miércoles, 25 de marzo de 2015

Fábula

Contemplé a aquel hombre mientras se daba la vuelta y se marchaba. Sus pesadas botas levantaban el polvo del suelo y su paso decidido lo alejaba para siempre de mi vida, perdiéndose en un horizonte de infinitas posibilidades. Sus sueños parecían estar al alcance de su mano, como si no le costase esfuerzo lograr cualquier empresa, por muy ardua que pareciese. Envidiaba su decisión y arrojo. Vaya que sí.
Un día llegó y me insufló un coraje que nunca había tenido. Una determinación desconocida para mi. Me creía capaz de cualquier cosa, de enfrentarme contra gigantes, de tumbar montañas, de ser inmortal. Los niños durante su infancia no son conscientes de lo que significa la muerte, y hasta que lo descubren son seres indestructibles. De pronto me sentía así, no tenía fecha de caducidad, ni me sentía atado a lo terrenal y mundano. Era fuerte, ni nada ni nadie podía conmigo. Pero de pronto, las cosas empezaron a ser bien distintas.
Poco a poco me sentía mas débil, mas cansado, la desidia se apoderaba de mi, y ya no era esa persona que me encontraba todos los días frente al espejo. Veía a un ser demacrado, a una sombra de lo que solía encontrarme. No me gustaba lo que veía, pero tampoco lograba hacer nada por cambiarlo. Cayeron las hojas y volvieron a brotar, y ese malogrado reflejo no parecía querer irse. No sabía que hacer ya, ya que la verdad no hacía nada. Era un círculo, por llamarlo de alguna manera, del que no lograba salir.
La gente que me rodeaba, amigos, familia, todos se fueron alejando, o eso me parecía a mi. En verdad era yo el que me distanciaba, creando un abismo cada vez mas insondable entre todos ellos y mi pequeña isla de introspección. Muchos se preocupaban, se intentaban acercar, me hablaban a gritos para que su voz llegase hasta mi refugio, pero había demasiado espacio entre ellos y yo. Ya nadie sabía que hacer, como actuar, como alcanzarme. Oficialmente estaba solo. En medio de la nada. Perdido, por fin.
Acaso no era eso lo que llevaba buscando tanto tiempo? Ese mórbido deseo de búsqueda de atención tenía como fin alejar a todo ser querido de mi lado, de ahuyentarlos, de protegerlos de lo que llevaba dentro. Si algo he aprendido con el paso de los años es que no hago mas que buscarle problemas o disgustos a la gente, no se si es una maldición o un talento innato, por llamarlo de alguna manera. Estaba solo, con mis pensamientos, sentado en el trono de mi autocomplacencia, lamentándome de mi propia existencia, un acto tan cobarde como mezquino, cuando él llegó a mi lado de nuevo. Vestía de negro y llevaba sombrero. Le pregunté como había llegado hasta allí, y el sonrió y me respondió con una voz grave y profunda, que había dejado un rastro imborrable, quizás de manera inconsciente, para que la gente llegase hasta ese oasis, esa isla desamparada. Qué propio de mi, verdad?
Haciendo acto de mi inherente amabilidad, le ofrecí una taza de café y acto seguido, que se fuese. Le empecé a soltar la misma lamentación quejumbrosa que a tantos había espantado, pero allí se quedó, tan sonriente, tan pálido, tan silencioso. Asintió a todo lo que le decía mientras clavaba su mirada en mi. Buscaba el contacto visual, y lo notaba. Lo esquivaba como podía, pero llegó un punto en el que me fue imposible no mirar en el fondo de esos hoyos que tenía por ojos. Su pupila parecía un abismo, como el que utilicé para huir, solo que este daba miedo, causaba maldito pavor, no era ningún tipo de mecanismo de defensa.
Me quedé sin palabras, enmudecí, y al momento habló. Me dijo que venía a quedarse conmigo, una larga temporada, y que iba a tener que aprender a convivir con el, por mucho que me pesase. A regañadientes acepté, y se instaló en mi refugio, en medio de la nada, como si siempre hubiese estado ahí. Me trataba, en algunas ocasiones, de manera muy familiar, en otras, era duro e inflexible conmigo, y no dejaba ver sentimiento de aprecio por mi. Era caótico, podía estar en calma, como al minuto siguiente entrar en cólera. Aprendí a domarlo, como quien se maneja con un caballo salvaje, lo trataba con delicadeza pero no me dejaba amedrentar, y era cauto, no quería recibir un golpe que me dejase fuera de combate.
Poco a poco, toda esa gente a la que había apartado, empezó a llegar, a acercarse a mi de nuevo, a tratarme como antes. Y sorprendentemente, yo reaccioné con entusiasmo y alegría. Él me miró con orgullo, y siguió junto a mi, mientras las cosas volvían a ser como antes, a cambiar, a seguir su curso.
Un día me dijo que ya había llegado la hora, que no podía quedarse mas conmigo, y debía volver a partir. En un primer momento me entristecí, me dolía que se fuese, pero sabía que tenía que seguir adelante. Había pasado grandes momentos a su lado, una marca imborrable para mi. Con una sonrisa en la cara, le dije que se fuese ya, que tenía muchas aventuras por delante. Fue el ultimo día que lo vi.
Así fue como se me fue la vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario