martes, 5 de mayo de 2015

Veintiuno de Abril.

Atenazado, paralizado, agarrotado, así me encuentro yo ahora mismo, víctima de mi propia necedad. Soy el testigo mudo y a la vez el culpable que nadie delata. ¿Qué ha ocurrido para que esto sucediese así? ¿Acaso desoí las advertencias?
Ahora me doy cuenta de que paseaba por un campo de minas activadas con demasiada soltura. Tenté a la suerte y esta ganó. La realidad estalló en mi cara mientras intentaba ser consciente de la culpabilidad de mis actos. Apenas puedo mantener una claridad mental tras estos hechos, no soy capaz de sostener la cruz que me hacen cargar, y no desfallecer por la cantidad de obligaciones que la componen.
Esto hace tiempo que me supera, esta realidad se vuelve de una cotidianidad indecible y mis piernas se niegan a llevar la mente a su meta, lo que provoca una desazón y una penuria que me transforman en el títere que nunca quise ser, una marioneta de mis miedos, un guiñol de mis sueños.
A veces, en la insoportable levedad de las pequeñas cosas logro vislumbrar un atisbo de felicidad, una sonrisa difusa que mantiene viva un ascua que poco a poco va pereciendo.
Ojalá ese fuego ardiese otra vez, ojalá esa ilusión volviese en forma de llama estival, que prendiese como prenden las hogueras de san juan.
Que el olvido no se lleve mis sueños y que perduren por eones en la mente colectiva, que mi mundo habite en las cabezas de aquellos que quieran velar por mi féretro.

miércoles, 1 de abril de 2015

.

Odio esa sensación de impotencia ante un hecho que me aterra afrontar.
Tengo miedo, y no me avergüenza decirlo.
Lo que me frustra realmente es el no ser capaz de dar el primer paso, y poner el pié en el barco.
No quiero que zarpen sin mi, pero tampoco hundirme antes de llegar a mi destino.
Algún día tendré que embarcarme.
Por ahora voy a dormir, hoy no estoy inspirado.
Buenas noches.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Fábula

Contemplé a aquel hombre mientras se daba la vuelta y se marchaba. Sus pesadas botas levantaban el polvo del suelo y su paso decidido lo alejaba para siempre de mi vida, perdiéndose en un horizonte de infinitas posibilidades. Sus sueños parecían estar al alcance de su mano, como si no le costase esfuerzo lograr cualquier empresa, por muy ardua que pareciese. Envidiaba su decisión y arrojo. Vaya que sí.
Un día llegó y me insufló un coraje que nunca había tenido. Una determinación desconocida para mi. Me creía capaz de cualquier cosa, de enfrentarme contra gigantes, de tumbar montañas, de ser inmortal. Los niños durante su infancia no son conscientes de lo que significa la muerte, y hasta que lo descubren son seres indestructibles. De pronto me sentía así, no tenía fecha de caducidad, ni me sentía atado a lo terrenal y mundano. Era fuerte, ni nada ni nadie podía conmigo. Pero de pronto, las cosas empezaron a ser bien distintas.
Poco a poco me sentía mas débil, mas cansado, la desidia se apoderaba de mi, y ya no era esa persona que me encontraba todos los días frente al espejo. Veía a un ser demacrado, a una sombra de lo que solía encontrarme. No me gustaba lo que veía, pero tampoco lograba hacer nada por cambiarlo. Cayeron las hojas y volvieron a brotar, y ese malogrado reflejo no parecía querer irse. No sabía que hacer ya, ya que la verdad no hacía nada. Era un círculo, por llamarlo de alguna manera, del que no lograba salir.
La gente que me rodeaba, amigos, familia, todos se fueron alejando, o eso me parecía a mi. En verdad era yo el que me distanciaba, creando un abismo cada vez mas insondable entre todos ellos y mi pequeña isla de introspección. Muchos se preocupaban, se intentaban acercar, me hablaban a gritos para que su voz llegase hasta mi refugio, pero había demasiado espacio entre ellos y yo. Ya nadie sabía que hacer, como actuar, como alcanzarme. Oficialmente estaba solo. En medio de la nada. Perdido, por fin.
Acaso no era eso lo que llevaba buscando tanto tiempo? Ese mórbido deseo de búsqueda de atención tenía como fin alejar a todo ser querido de mi lado, de ahuyentarlos, de protegerlos de lo que llevaba dentro. Si algo he aprendido con el paso de los años es que no hago mas que buscarle problemas o disgustos a la gente, no se si es una maldición o un talento innato, por llamarlo de alguna manera. Estaba solo, con mis pensamientos, sentado en el trono de mi autocomplacencia, lamentándome de mi propia existencia, un acto tan cobarde como mezquino, cuando él llegó a mi lado de nuevo. Vestía de negro y llevaba sombrero. Le pregunté como había llegado hasta allí, y el sonrió y me respondió con una voz grave y profunda, que había dejado un rastro imborrable, quizás de manera inconsciente, para que la gente llegase hasta ese oasis, esa isla desamparada. Qué propio de mi, verdad?
Haciendo acto de mi inherente amabilidad, le ofrecí una taza de café y acto seguido, que se fuese. Le empecé a soltar la misma lamentación quejumbrosa que a tantos había espantado, pero allí se quedó, tan sonriente, tan pálido, tan silencioso. Asintió a todo lo que le decía mientras clavaba su mirada en mi. Buscaba el contacto visual, y lo notaba. Lo esquivaba como podía, pero llegó un punto en el que me fue imposible no mirar en el fondo de esos hoyos que tenía por ojos. Su pupila parecía un abismo, como el que utilicé para huir, solo que este daba miedo, causaba maldito pavor, no era ningún tipo de mecanismo de defensa.
Me quedé sin palabras, enmudecí, y al momento habló. Me dijo que venía a quedarse conmigo, una larga temporada, y que iba a tener que aprender a convivir con el, por mucho que me pesase. A regañadientes acepté, y se instaló en mi refugio, en medio de la nada, como si siempre hubiese estado ahí. Me trataba, en algunas ocasiones, de manera muy familiar, en otras, era duro e inflexible conmigo, y no dejaba ver sentimiento de aprecio por mi. Era caótico, podía estar en calma, como al minuto siguiente entrar en cólera. Aprendí a domarlo, como quien se maneja con un caballo salvaje, lo trataba con delicadeza pero no me dejaba amedrentar, y era cauto, no quería recibir un golpe que me dejase fuera de combate.
Poco a poco, toda esa gente a la que había apartado, empezó a llegar, a acercarse a mi de nuevo, a tratarme como antes. Y sorprendentemente, yo reaccioné con entusiasmo y alegría. Él me miró con orgullo, y siguió junto a mi, mientras las cosas volvían a ser como antes, a cambiar, a seguir su curso.
Un día me dijo que ya había llegado la hora, que no podía quedarse mas conmigo, y debía volver a partir. En un primer momento me entristecí, me dolía que se fuese, pero sabía que tenía que seguir adelante. Había pasado grandes momentos a su lado, una marca imborrable para mi. Con una sonrisa en la cara, le dije que se fuese ya, que tenía muchas aventuras por delante. Fue el ultimo día que lo vi.
Así fue como se me fue la vida.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Empezando de nuevo, una y otra vez.

Hace mucho que no escribo.
Me he tomado un receso bastante largo, y he decidido empezar de nuevo, de manera diferente, de forma mas constante, ya que echo de menos esas horas de reflexión, solo yo frente a la pantalla, mientras reestructuro frases, cambio palabras o busco sinónimos con los que pueda sentirme satisfecho. Para mi es casi como meditar, buscar en lo mas hondo de mi ser para hallar la respuesta a la incógnita que se me plantea tras cada punto y aparte, tras cada coma, tras el suspense de los puntos suspendidos...
No se para el lector (si es que hay alguno aparte de los curiosos que visitan el link que dejo en las redes sociales pertinentes), pero para mi es reconfortante dejar estas memorias, en forma de nebulosa de ideas en la red. Quizás no por la satisfacción onanista de admirar lo escrito, ni tampoco por el falso orgullo de que la gente aprecie mis palabras, algunas veces necias, otras no tanto, sino por la liberación que supone sacar esas cavilaciones y dejarlas ir, poder sacar ese lastre y dejar que se hunda en mares que desconozco.
Supongo que lo mas difícil de esta nueva etapa será lograr la constancia, pero es todo un reto a afrontar. Y si alguien quiere embarcarse en esta aventura conmigo, esta nave tiene un aforo ilimitado.
Veremos quién es el primero en saltar por la borda.