martes, 5 de mayo de 2015

Veintiuno de Abril.

Atenazado, paralizado, agarrotado, así me encuentro yo ahora mismo, víctima de mi propia necedad. Soy el testigo mudo y a la vez el culpable que nadie delata. ¿Qué ha ocurrido para que esto sucediese así? ¿Acaso desoí las advertencias?
Ahora me doy cuenta de que paseaba por un campo de minas activadas con demasiada soltura. Tenté a la suerte y esta ganó. La realidad estalló en mi cara mientras intentaba ser consciente de la culpabilidad de mis actos. Apenas puedo mantener una claridad mental tras estos hechos, no soy capaz de sostener la cruz que me hacen cargar, y no desfallecer por la cantidad de obligaciones que la componen.
Esto hace tiempo que me supera, esta realidad se vuelve de una cotidianidad indecible y mis piernas se niegan a llevar la mente a su meta, lo que provoca una desazón y una penuria que me transforman en el títere que nunca quise ser, una marioneta de mis miedos, un guiñol de mis sueños.
A veces, en la insoportable levedad de las pequeñas cosas logro vislumbrar un atisbo de felicidad, una sonrisa difusa que mantiene viva un ascua que poco a poco va pereciendo.
Ojalá ese fuego ardiese otra vez, ojalá esa ilusión volviese en forma de llama estival, que prendiese como prenden las hogueras de san juan.
Que el olvido no se lleve mis sueños y que perduren por eones en la mente colectiva, que mi mundo habite en las cabezas de aquellos que quieran velar por mi féretro.

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